domingo, 9 de junio de 2019

CXXVII



CXXVII

¿Qué me quieren?

¿Qué me quieren los que me han traído?
No sólo dos, no todos, todo.
Ando, no nado ni vuelo.
Como todos, sí. Como ninguno, sí. Pero yo.
Un cuchillo que saja mi carne,
que no es mía, pero que necesito,
dibuja el rincón de mi acontecer,
hace visible mi sitio, mi sutil
coraza que se derrama desde los ojos
a los barrancos de los demás, ajenos, tan parecidos.
¿Andan otros esperando por las esquinas
lluvias torrenciales que mudamente quedan
mirando, después, los fragmentarios reflejos
en los pequeños charcos de tanta existencia
cual barco en una tempestad?
Sus ojos y los míos, farallones del vivir,
se encaraman a lo alto de los precipicios,
para ser compañeros en la misma garganta
y derramarse,
cuando ya no puedan más,
de tanta implacable impotencia,
de la vacía nada que flota,
sobre los débiles hilos de agua
que alguna crecida traerá.
¿Y después?
Después miraran que nos miran,
detectando entre tanta mirada vacua
alguna minúscula chispa,
chispa que nosotros oímos vibrar,
para con los ecos que deja
esperar la terrible visita.
Y fin.

sábado, 1 de junio de 2019

CXXVI



CXXVI

La banda de Moebius

Les dije que no
y me llamaron anticuado.
En otro momento no me hubiera importado,
pero aquella tarde,
tan luminosa, alegre y abierta,
ser anticuado sonaba a días
tristes y lluviosos,
de aceras inhóspitas que te arrojan al arcén.
Acepté porque me llamaron anticuado.
Me metieron en uno de esos lugares,
de bocadillos y frenos,
tan poco anticuados,
donde a pesar de todo, la tarde
no parecía querer entrar.
Comimos. En el suelo brillaban envolturas
transparentes y poliformes,
corrían pequeños eufemismos de  penes,
con tripas y chorreando lustre,
trozos de pan, colillas y mixtos.
No buscábamos buenas compañías, entonces.
El plástico, los colores que nunca existieron,
las conversaciones que no se entienden,
un libro arramblado en una esquina,
su autor grita el abandono,
hay un criminal en la ciudad, suelto.
Las baquetas, pequeñas y ariscas.
Aquellos trajes, ¡Dios mío!, aquellos trajes.
Cuando reparé en la música
vi a una legión de señoras
de media tarde en los parques, alrededor del templete, acompañadas de señores pintas.
Una mujer se levantó y al arreglarse la falda
marcó su culo rotundo.
Suspiré y pensé que aún había humanidad.
Comimos.
Pero todo tenía aire de otros tiempos
y era que miguita a miguita
todos teníamos un pasado,
una música, unos libros,
unos besos, unas sonrisas.
Abocados al fondo de la catarata,
animados y resueltos,
andábamos con andrajos,
porque partes de nosotros se iban quedando.
Éramos jóvenes, entonces,
y ahora sabemos todo lo que habíamos perdido
y lo que nos queda por perder.
Para que al final todo no sea soportable
y hasta deseable.

sábado, 30 de marzo de 2019

CXXV




 CXXV


El perro soñador

En invierno hacía frío,
las hojas habían caído,
los árboles clamaban brazos en alto
inútil y resignadamente al cielo.
Era como un juego, una broma.
En primavera volverían a estar lozanos,
en su plenitud en verano,
aunque en invierno…
El juego era así.
Cuando la respiración dibujaba fumatas
y un rincón con calor parecía el paraíso
él estaba a gusto.
Le sobraba cadena.
Quedaba a su alcance todo lo que necesitaba.
No se percataba de lo corto que era su mundo
hasta que no veía asomar
el color rojo de las cerezas.
Entonces miles de invitaciones se sucedían
y su rincón era algo agobiante.
Debía, pensaba, respirarse mejor a la sombra
de aquel frondoso árbol.
Tan cerca lo veía que a veces olvidaba,
hasta que el tirón le avisaba
del alcance de su vida.
Se sentaba al borde de su mundo.
Mero espectador, y claro,
a un perro encadenado
no le quedaba otra salida
 que soñar.

domingo, 17 de febrero de 2019

CXXIV


CXXIV

Para nada

Hoy,
donde los campos de concentración,
crecen flores,
y la lluvia diseña riachuelos,
es primavera
y también invierno.
Pasan niños riéndose
y algunos amantes
hacen de las suyas entre los cedros.
Hoy,
que sólo han pasado
unos decenios,
toda la grandeza que buscaste,
todo el dolor que causaste,
ya ves,
en lo que ha quedado.
Nadie te escuchó,
aunque tú creyeras,
te creíste que algo tan atroz
conmovería a los dioses,
que te tendrían en cuenta.
¡Idiota!
No cuentas más que nada,
ni nadie,
no conseguiste llamar la Atención.
Los santos, los diablos,
son cosa nuestra,
los grandes hombres,
las masas
nuestros afanes clasificatorios.
Somos la polilla inquieta
que desde los anaqueles
es contemplada
sin ninguna razón especial.
Todo nos contempla,
porque no se puede ir,
está ahí mirándonos,
en este escenario,
todo nos aguarda,
porque al fin
cuando la inmortalidad,
tras un siglo,
no se vea interrumpida,
seguirá sin venir nadie.
Y en los campos
ya no habrá ni rastro
de tanto dolor,
ni rastro
de tu obra,
escultor de carne,
dibujante de humo.
Te esforzaste más que nadie
y por eso
más que nadie
eres nada.
¿Te imaginas gris
entre todos?
¿Gris?
Yo también a veces
te maldigo,
pero ahora cada vez
me das más pena.
Hay todavía
quien te considera verdugo,
aprovéchalo,
es tu corta victoria.
Porque en realidad
no lo eres,
ni víctima ni verdugo,
ni roca ni agua.
Hay algunos
que entran en el juego
y ahí
eres grande,
eres odioso,
como tú querías.
Pero en realidad
es que estás
al lado de los santos,
porque santos
y diablos
no cuentan.
Adolfo, ha sido lamentable,
por lo inútil de todo.