lunes, 29 de julio de 2019

CXXIX


CXXIX

Deudas
Adeudo todo
pero dejadme que explicite.


Adeudo cada mínimo gesto,
la voz, los sueños, las ansias de libertad,
los primeros besos y los otros también.
No sé quién es el amo de cada uno
de mis asuntos pendientes,
les impongo trajes de organdí, para sacarlos
del tiempo y así descansar.
Pero al respirar, huelo los jazmines
de mi jardín y pagador puntual
vienen a mi mente aquellos a los que debo
el aire, los olores,las hierbas.
Y no sé dónde están.
Así voy convirtiendo cada cosa, cada suceso
en mero altar.
 Ansío, desde hace tiempo, tener algo mío.
He buceado en mi vida, en la de los otros,
en lo que me cuentan
y sólo encuentro una terrible posibilidad
de tener algo que no adeude
 No puedo decirlo. Si lo hago
 alguien exigirá derechos de propiedad
y entonces será el final.
No podré tener nunca nada mío.
A veces lo olvido, pero los demás,
los demás me lo recuerdan.
No porque lo digan, porque están.
Soy yo, deudor irredento.
Aunque ahora, tengo algo que será mío.
Se verá.
Sólo mío.

miércoles, 26 de junio de 2019

CXXVIII



CXXVIII


Todos estatuas de sal

Me intriga esa imagen,
de la mujer convertida
en estatua de sal
por mirar hacia atrás,
esos refugiados obligados
a dirigirse al infierno,
que quedan convertidos
en harapos, condenados
por no querer irse,
esos emigrantes que regresan
arrastrados por las nostalgias
del pasado, impelidos
desde paraísos ajenos
al pozo del que son brocal,
andrajos, ese adulto que hace
una melena al viento
de los recuerdos que no mira
porque son sus ojos,
y sobre todo me intrigan
esos que se quedan
y amenazan
con convertirnos en sal,
amenaza que bien vale
una certeza,
pues no en vano
ellos al quedarse
ya son sal.

domingo, 9 de junio de 2019

CXXVII



CXXVII

¿Qué me quieren?

¿Qué me quieren los que me han traído?
No sólo dos, no todos, todo.
Ando, no nado ni vuelo.
Como todos, sí. Como ninguno, sí. Pero yo.
Un cuchillo que saja mi carne,
que no es mía, pero que necesito,
dibuja el rincón de mi acontecer,
hace visible mi sitio, mi sutil
coraza que se derrama desde los ojos
a los barrancos de los demás, ajenos, tan parecidos.
¿Andan otros esperando por las esquinas
lluvias torrenciales que mudamente quedan
mirando, después, los fragmentarios reflejos
en los pequeños charcos de tanta existencia
cual barco en una tempestad?
Sus ojos y los míos, farallones del vivir,
se encaraman a lo alto de los precipicios,
para ser compañeros en la misma garganta
y derramarse,
cuando ya no puedan más,
de tanta implacable impotencia,
de la vacía nada que flota,
sobre los débiles hilos de agua
que alguna crecida traerá.
¿Y después?
Después miraran que nos miran,
detectando entre tanta mirada vacua
alguna minúscula chispa,
chispa que nosotros oímos vibrar,
para con los ecos que deja
esperar la terrible visita.
Y fin.